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En una sola silla
Por: Ana Luisa Anza

Quizá el objeto que mantiene una relación más estrecha con el cuerpo humano en su deambular cotidiano, es la silla.

En las sillas comemos, platicamos, descansamos, leemos, trabajamos, hablamos, jugamos y esperamos. Los cuerpos se acomodan o desacomodan.

Como animales de costumbres, los seres humanos tenemos -así sea en forma inconsciente- una silla favorita, el mueble exacto en donde posarse al estar en un ambiente conocido. Tendemos lazos con las sillas, como convirtiéndolas en elementos de la propia seguridad, del bienestar, reinas absolutas en el espacio que a través de ellas, nos pertenece.

¿Qué sucede cuando esta precisa silla sale de su espacio común como único objeto a la mano en un paisaje desconocido?

¿Qué pasa cuando, además, nos despojamos del vestido que nos protege en lo desconocido y se nos pide establecer una relación con nuestra silla?

Desnudos de la ropa que los cubre, ubicados en un paisaje ajeno y austero, sin más que esa silla favorita desplazada del rincón cotidiano, los seres humanos quedan a expensas de un ojo que los mira en su intimidad, siempre desde el mismo punto, sin más intenciones que captar los fenómenos que surgen a raíz de la relación del cuerpo con el objeto.

Enfrentados a sí mismos, toman la silla y en ella se envuelven, se protegen, se cubren o se revelan, se integran o se alejan.

Con ésta tienden el lazo hacia lo único que no les es neutral en este espacio vacío: su refugio.